Victoria Verlichak*
¿Volverá la primavera?

Como si quisiera luchar contra lo efímero y lo contingente, a los treinta años Martín Pérez Agrippino pinta escenarios de apariencia inmemorial, pero de furibunda actualidad, no por los datos confiados sino por los interrogantes trazados. Es que para el artista las formas se revelan tan o más importantes que los mensajes, que deberán ser interpretados por el ojo del que mira antes que por los indicios de algún guión establecido. Las ambigüedades entre las estructuras y los contenidos parecen expresar a la perfección las obsesiones, compromisos y diversiones del artista.

Intenso y contrario al aplanamiento de las diferencias, Pérez Agrippino se destaca en el panorama actual de la pintura en la Argentina por haberse empecinado en el aprendizaje y refinamiento de la técnica. A él los procedimientos le interesan, y mucho. Por eso, aunque confiesa que “pintó desde siempre”, el artista se dedicó a estudiar dibujo, grabado, pintura, escultura y acuarela desde los quince años, para poder tener la libertad de decidir “cómo” quiere pintar. De modo que a esta altura es capaz de elegir situar la dirección de la luz que inunda las imágenes, tanto como envejecer los fondos o hacer desaparecer las pinceladas, para invitar al espectador a sumergirse en “la escena, olvidándose que está mirando una pintura”.

Aún cuando se siente un cronista que, desde el margen, observa y describe las circunstancias que lo rodean, el artista se aleja de la literalidad e incluye en su obra instantes de hilaridad para hilvanar situaciones asociadas con una cierta realidad. Así, aparecen inesperadas e irónicas figuras que perturban la presunta solemnidad de las pinturas salvándolas de lo obvio y pretencioso. Superhéroes excedidos de edad y peso, figuras que citan la iconografía de Magritte, gauchos argentinos de juguete, imágenes míticas, atletas de almanaque, hombres y mujeres contemporáneos, aparecen mezclándose en tiempos contradictorios y dimensiones distorsionadas entre fábricas cerradas, espacios semidestruidos, jardines descuidados, vías muertas de ferrocarril, portones inaccesibles.

Sin estridencias, detrás de presencias cuidadosamente dirigidas asoman las claves temáticas propuestas en las obras. ¿Es que sus piezas se refieren a la violencia? ¿Cuánto le deben las civilizaciones al sometimiento y al extermino del otro, del diferente? ¿Qué es y qué ha sido la supervivencia del más fuerte? ¿Tratan acerca del fin del trabajo? ¿Aluden a la marginalización? ¿Confirman el achicamiento del horizonte y de las perspectivas colectivas? ¿Todo es un mal sueño? ¿Algún día volverá la primavera?
Con la misma naturalidad con que Pérez Agrippino -que ama viajar, pero sigue pintando en la antigua casa familiar de Villa Devoto- introduce en su trabajo rostros de parientes y amigos tomados de fotografías, paralelamente incluye insólitas referencias a lo culto y a lo popular. Entre el tango que escucha mientras pinta y sus lecturas que abordan la sociología y la antropología, el artista nutre su sensibilidad y se anima con sus obras a participar en el necesario debate cultural.

Pérez Agrippino no deja nada librado al azar en estas escenas construidas con registros de distintos momentos históricos, que miran y piden ser miradas con detenimiento y apertura, con la misma dedicación y humor con que fueron generadas. Las obras aquí reunidas articulan un pensamiento y una praxis que subraya la poderosa y maravillosa permanencia de la pintura.

Victoria Verlichak
2002

* Su último libro es “Marta Traba. Una terquedad furibunda”.
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